Secuestros de inocentes
La semana pasada nos quedamos todos pillados con la noticia de Natascha, la niña austríaca que ha pasado 8 años secuestrada. A fecha de hoy, diversos medios ofrecen cifras astronómicas para que Natascha les de la exclusiva de su historia y narre, con todo lujo de detalles, cómo se vive encerrada en un zulo, sin luz natural, incomunicada y con la sola presencia de tu raptor, a quien, encima, tienes que llamar “amo”. Queremos saber cómo se siente una persona en una situación así.
Yo no puedo evitar relacionar esta noticia con la de Orlando Boquete. Si Natascha ha estado 8 años secuestrada; Boquete, 24. Claro que aquí el secuestrador no fue un perturbado mental, sino el estado de Florida (USA). A Boquete le condenaron en 1982 acusado de robo y violación; delitos que no había cometido. Después de 24 años, las pruebas del ADN le han devuelto su libertad.
En este caso, el tribunal que le acusó no se tirará a las vías del tren, como Prokopil, el secuestrador de Natascha.
Desafortunadamente, el caso de Boquete no es único. Boquete consiguió las pruebas suficientes y, por fin, su libertad, gracias a la asociación ONG Proyecto Inocencia. El sólo hecho de que exista una asociación dedicada a excarcelar a inocentes que cumplen condena ya es, de por sí, indicativo de que algo anda mal. Boquete es el liberado 183 de esta asociación; todos gracias a las posteriores pruebas de ADN.
“Proyecto Inocencia” insiste: “Sí, le puede ocurrir a cualquiera, y ocurre, aunque es más probable que le suceda a quien sea pobre, pertenezca a determinada raza o tenga misnuvalías mentales”.
Algunos de los excarcelados han llegado a estar en el corredor de la muerte. Otros menos afortundos, han muerto en él. A Boquete le han quitado 24 años de vida; a otros, la vida. Casos como éste son los que deberían hacer meditar a la sociedad norteamericana (y a la de muchos otros estados) sobre la idoneidad de la pena de muerte.
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